Un verdadero ejemplo de vida, es el caso de Aurelia Calixto Vázquez, quien pese a haber nacido con una parálisis parcial que le impide el movimiento de su brazo y su pierna, desde los 12 años trabaja árduamente en la elaboración de sombreros de palma en la comunidad de San Miguel Amoltepec El Viejo, en Cochoapa El Grande, donde sobrevive en la más lastimera pobreza junto a su familia.
Aurelia, quien es mamá de un niño de siete años, todos los días lucha por la vida junto a su señora madre, Guadalupe Candia de 78 años de edad, con el propósito de sacar adelante a su hijo de siete años y a sus numerosos sobrinos que diariamente observan el trabajo de los adultos, con el fin de aprender la actividad que se ha heredado de generación en generación.
Sin dejar de tejer un sombrero, cuyas manos reflejan las cicatrices del trabajo arduo, Aurelia, indígena Nasavi, nos platica el esfuerzo que conlleva la culminación de una pieza, ’mis padres no querían que aprendiera a tejer por mis limitaciones, pero les demostré que estaba lista para el reto y un día tomé unas ramas de palma y comencé a imitar a mi madre. No sé cuánto tardé, pero al final solté una lágrima cuando vi mi labor finalizada’, relató.
Aurelia, cuenta con agrado el esfuerzo que realizaron sus padres para que pudiera sobrevivir, algo que la ha llevado a tomar las riendas de la familia, sin importarle tener que trabajar en lo estrecho de su cama, sin poder salir ni conocer más allá de su vivienda.
’El frío muchas veces cala los huesos. Sufrimos muchas carencias y lo que ganamos apenas nos alcanza para sobrevivir, debido a que los intermediarios compran la docena de sombreros a 35 o 40 pesos, la cual tenemos que ofrecerles hasta sus negocios, en la cabecera municipal de Cochoapa El Grande, lo que nos genera mucho gasto y que a duras penas nos sirve para salir adelante’, comentó la dama, quien era apoyada por su sobrino Javier Candia, traductor de su tia Aurelia.
Así como Aurelia y su familia, en la sierra de Guerrero sobreviven cientos de personas que carecen del apoyo de los tres órdenes de gobierno, quienes mediante sus artesanías cuentan con una actividad que les permite subsistir, sin embargo, jamás pueden ver los frutos de su debido a que los intermediarios se quedan con la mayor parte de las ganan cias, dejándoles lo mínimo para no morir de hambre.
Por su parte, Aurelia se despide de la brigada con una sonrisa en su rostro, mientras cuida a su hijo Francisco de siete años y supervisa un pequeño rebaño de chivos en su corral, punivo patrimonio con el que cuenta su familia en Cochapa El Grande.
